“Persistente es el hombre, el fundador de todas las tristezas”. Gastón Gori


©Norma Segades - Manias

Julio, 1992.

Prólogo: Wilma Borchers C.

Pórtico

Por Wilma Borchers C. (Los Vilos, Chile, verano del 2011)

Entrar en la poesía de la escritora Norma Segades, es seguir la ruta de un “río madre”. Desde el inicio hasta el final nos lleva, nos arrastra en su vórtice y nos deja a merced de sus aguas, para desembocar en el maravilloso océano de la palabra. Es tal la soberanía de su cauce, que tiene el poder de transportarnos en su centro y desplegar para nosotros, desde sus márgenes, de un modo espléndido, la belleza, el dolor y el desamparo.
La poesía-denuncia, en ella es grito, herida, lágrima viva.
A solas con la sombra, el título de este poemario, representa nuestro “mea culpa” ante lo que fue una realidad prístina y ahora es el reverso, una sombra pavorosa, un espejo sucio.
Este libro posee, como toda obra de Norma Segades, un vocabulario ricamente engarzado que nos deleita y estremece.
Su poesía es una voz de alerta urgente, porque el tiempo se aglutina en una maraña de locura indescifrable, la vida rueda hacia el abismo y nos demuestra que todos somos, en alguna medida, responsables de esta debacle.
Cómo no quedar prisionero ante este llamado de atención urgente, que tan bien la poeta expone, cuando, con su desgarro, entra sin golpear la puerta. Sin pedir permiso se adentra en nuestros corazones y desde esta eucaristía, nos hace comulgar con el dolor de sabernos tan poca cosa, incapaces de levantar una bandera de vida y esperanza, cuando la muerte ronda inmisericorde sobre nuestros hijos y el planeta.
Los invito pues a navegar en estas aguas, muchas veces enrojecidas por la sangre y la vergüenza, azules en el dolor inconmensurable, amarillas en el desquicio tóxico, verdecidas por la esperanza, que esta gran poeta consigue, al remecer con su palabra: a la ignominia, la indolencia, el fracaso y a la vergüenza.
Mi gratitud a esta querida poeta hermana, por el altísimo honor de haber permitido que les de la entrada, a través de este pórtico, al mundo donde la brillantez de sus textos se conjuga con el valor de la generosidad, la solidaridad y la justicia.

Capítulo I - Presagios de la ausencia

La savia a dentelladas.



“La tala indiscriminada provoca la pérdida de áreas de boscosas nativas y de especies vegetales y animales.”

Tiempo habrá de llorar, 
uando la ausencia... 
Quizás cuando la arena, 
los guijarros... 
Quizás cuando murciélagos tiznados 
oculten 
con sus alas de ceniza 
las lámparas patéticas del alba. 
Nada quedará entonces del asombro, 
de ese esperma salvaje donde el polen 
enciende sus mejillas enlunadas 
ni quebrará con verdes alminares 
la horizontalidad de los crepúsculos 
hollando el corazón de la distancia... 
Sólo andarán cortejos de tinieblas 
sepultando las fauces codiciosas 
que asediaron raíces sin amarras, 
tendieron emboscadas a la vida y, 
en la complicidad de los silencios, 
mutilaron la savia
a dentelladas.

Capítulo II - Rituales de desidia

Tibieza como sangre.

“El comercio de pieles de animales esconde un increíble grado de crueldad para con los animales que se utilizan.”

Afuera anda un rocío despiadado 
que cabalga a la grupa de la noche 
restallando sus látigos rebeldes. 
Su baba oxida insomnios de veletas 
y muerde 
sin descanso 
entre las sombras 
los tejados azules del invierno. 
Detrás de querubines a bolillo, 
la calle eriza ruegos vegetales 
en una ceremonia de ramajes 
que agonizan de frío bajo el cielo. 
Arrebujadas en despojos tibios 
desfilan las fragancias extranjeras, 
las trenzas de oro fino, 
las alhajas, 
las sonrisas distantes y perfectas. 
Sobre las pieles largamente blancas 
la luna cuelga filos de puñales mientras, 
en los abismos de su muerte, 
el llanto amordazado de la especie 
estremece la entraña del silencio.
La vida empalizada


“Mientras muchos zoológicos aseguran estar preocupados por el estado general de los animales que viven en sus recintos, continúan siendo prisiones para aquellos que no han cometido ningún crimen, excepto pertenecer a la especie equivocada.”

Una urdimbre de redes 
impiadosas 
confina los rugidos maniatados... 
Allí comienza el feudo de la muerte. 
El reino que parió la sexta luna 
cuando aún la distancia era peñasco 
y el silencio sopló sobre la tierra 
para engendrar, 
con ecos de rocío, 
el linaje unigénito del barro. 
Ése que alza una vida empalizada 
por capturar los ojos amarillos, 
el elástico paso como sombra, 
la tensión de los músculos metálicos... 
A sabiendas que nadie roba el viento, 
que la pereza hipócrita no basta 
para la sed de sangre palpitante 
que se agazapa en la raíz del odio 
hasta estallar en los colmillos ávidos. 
Ése que corta cielos y horizontes 
con tijeras de orgullo envilecido, 
el que de tanto entretejer alambres 
no recuerda el reverso de la trama... 
mientras mira el refugio del que mira 
a través de un rectángulo oxidado.
Las arterias del agua.

“Los grandes ríos que reciben efluentes urbanos industriales o tienen contacto y contigüidad con depósitos de basura, están contaminados en su recorrido urbano, aguas abajo y en una franja de ancho variable que acompaña la costa.”

Aquellas que nacieron 
transparentes 
entre intersticios de guijarro y luna, 
aquellas que rompieron las compuertas, 
que huyeron por marañas de raíces,
por cauces donde el musgo no abarcaba 
la gravidez azul de su cintura, 
aquellas que mis ojos descubrieron 
como una gota viva, 
o una lágrima, 
como un pétalo de agua en la espesura, 
que ruedan desde alturas imantadas, 
que deshojan su canto solitario 
en las ásperas pieles del planeta 
con la luz bautismal de su liturgia... 
son las mismas arterias que agonizan 
aquí, 
junto a tu puerta, 
en este río, 
envilecidas hasta la locura…
las mismas que, 
borrachas de inmundicia, 
mueren de repulsión entre la espuma.
Violines turbulentos.


“La contaminación sonora implica la introducción de ruidos o vibraciones en niveles que produzcan alteraciones o molestias, o que resulten perjudiciales para la salud.”

Una espira trepando a la demencia, 
consumiendo racimos de mordazas
con sus dientes de páramo 
y delirio 
nos hace prisioneros de contiendas 
donde un coro diabólico desangra 
la textura final de los violines... 
y una estridencia, 
cruel como ninguna, 
estalla en los umbrales de los siglos. 
Entonces, 
turbulentos decibeles 
rasgan cada membrana del misterio 
con filos de aguijones fugitivos... 
escalan, 
giran, 
arden, 
se consumen, 
para nacer después,
cíclicamente, 
desde el útero negro del aullido. 
Y ya no queda tiempo 
ni siquiera para escuchar las dríadas del alma 
morir de soledad 
en los abismos.
Saltos hacia el infierno.


“A muchos de los osos se les retiran los dientes y las garras o se les coloca aparatosos bozales. El entrenamiento de los osos incluye tocarlos con varas que transmiten descargas eléctricas y así obligarlos a que obedezcan y realicen los divertidos trucos.”

¿Dónde quedó la luz del horizonte, 
los latidos del hambre en las entrañas? 
¿Dónde los matorrales,
el acecho, 
la distancia,
las grupas sudorosas, 
el sabor de la sangre entre los dientes, 
el estertor final, 
los ojos ciegos? 
¿Dónde quedó su libertad hirsuta? 
¿Dónde el lenguaje de mordisco y uñas 
con qué la primavera habló a su celo 
y el jadeo desnudo de su instinto 
multiplicando cópulas salvajes 
sobre la ardiente piel de la sabana 
agobiada de ocasos polvorientos? 
Su mundo es esta arena degradada, 
este acre aroma a herrumbre 
y excrementos, 
el chasquido de látigos agudos 
azuzando sus torpes acrobacias 
hacia el abismo circular del fuego 
y esa visión de cuellos delicados... 
y esa cólera insomne y sumergida 
que estremece la urdimbre de la noche 
con bramidos furiosos 
e insurrectos.
Colmillos al acecho.

“La caza no puede ser considerada un deporte pues los animales no participan voluntariamente ni están en igualdad de condiciones.”

Cuando perfila vértices 
el llanto 
n úteros noctívagos de luna, 
soledades de musgos ateridos 
sofocan el sonido de los pasos... 
y manadas de hienas tenebrosas 
observan 
con codicia 
la inocencia 
extraviada en las pieles del cansancio. 
No gime el viento su advertencia oscura 
ni quebranta pupilas el follaje 
y desde madrigueras desvalidas 
inquietudes de vísceras insomnes
olfatean distancias y presagios. 
El peligro está aquí, 
lo sabe el miedo, 
lo desnuda el instinto desgreñado. 
Es un reptar de escamas, 
un crujido
amotinando sombras 
y relámpagos. 
Por latitudes de estertores ciegos, 
con sus hordas de muertes implacables, 
anda el hijo del hombre, 
amo del tiempo, 
señor de los colmillos emboscados.
Crepúsculo de escamas.

“La misteriosa mortandad de peces deja en evidencia el riego aéreo de agroquímicos y herbicidas en las zonas agrícolas del área, gran contaminante de los cauces fluviales.”

Desde los huecos despojados,  
yermos, 
donde la ausencia es un temblor solemne 
que sofocan los dedos del oxígeno 
y amortaja el silencio de la costa 
miran 
con ojos secos 
su horizonte 
de espumas pestilentes, 
migratorias... 
mientras naufraga el día en los sauzales 
bajo esa latitud de cielo herido 
unánime de estrellas... 
y de sombras. 
Se desgajan en agrias agonías 
sin detenerse a elaborar la muerte 
sobre el perfil de sus escamas rotas... 
y en el pecho mugriento de la arena, 
cautivos de su tiempo amortajado, 
abdican para siempre a la memoria 
adelgazando frágiles secretos 
en su región de máscaras remotas.
Tempestad con silencio.

“La contaminación radiactiva representa un peligro único debido a la extrema longevidad de los contaminantes, cuya vida media puede ser de hasta cientos de años.”

El humo 
vertical 
profana el cielo 
con la trama siniestra de su encaje 
hacia el útero negro, 
hacia el eclipse 
donde el semen nuclear engendra llagas 
y sigilos de muertes miserables. 
La nube es impiadosa, 
es envolvente, 
es cúpula de ampollas emboscadas 
creciendo en los baldíos de la sangre, 
aquelarre de fuegos embrujados 
arrojando 
en marmitas malolientes 
el desnudo poder de sus rituales. 
La nube tiene un hambre que no cesa, 
la nube esta sedienta, 
como el aire. 
A su paso, 
centurias de mentiras 
-amazonas guerreras de la sombra-
cabalgan en jumentos espectrales 
mientras la nube, 
henchida y tormentosa, 
abre babeantes morros de ceniza 
y clava dientes sucios a la tarde.
Venenos entre dalias.

“Muchos barriles ya explotaron, diseminando miles de libras del tóxico por el suelo y el aire. Se detecta un olor fuerte al mismo y el agua de los pozos de la zona sale con color amarillo.”

Cautivas en letargos de hojalata,
orugas de tinieblas, 
entre el óxido, 
regurgitan los vahos enfermizos 
que brotaron de cuencos calcinados 
y nutrieron fatídicos calostros. 
Ocultas por mentiras camufladas, 
transmutando en crisálidas sin rostro, 
es posible escuchar como desuellan 
las membranas resecas del capullo, 
como escorza el silencio, 
en el silencio, 
las alas negras, 
los siniestros ojos. 
Y cuando las vigilias ya no puedan 
custodiar el linaje de los días, 
cuando no logre el agua 
ni la arena 
contener los sacrílegos despojos, 
florecerán las dalias amarillas 
bajo un cielo de esperas agrietadas 
y un enjambre de trompas malolientes 
libará, 
en ellas, 
su dolor agónico.
Dagas entre las sombras.

“Todas las pilas contienen una cantidad determinada de metales pesados, como el cadmio, el mercurio y el plomo, que representan un peligro potencial para la salud de las personas y para la conservación del medio ambiente.”

Encapsuladas en desnudos cuencos, 
casi lámparas mudas, 
casi ausencia, 
esconden sus caderas con herrumbre 
en ovarios de espantos desdentados, 
en vientres mutilados por tinieblas. 
Desde la sombra,
crueles, 
ponzoñosas, 
con clandestinas dagas hechiceras, 
rasgan las telarañas del sollozo, 
amenazan, 
vigilan, 
muerden, 
tiemblan, 
horadan, 
amotinan su veneno 
bajo el naufragio vertical del musgo 
y la fatiga azul de las estrellas. 
Yermas como cenizas coaguladas, 
sus uñas atraviesan las fronteras, 
ascienden hasta el tiempo del conjuro, 
hasta la latitud de cada náusea, 
hasta la impunidad 
y la insolencia. 
Y aún destilan su mosto corrosivo, 
su llovizna de muerte, 
su memoria, 
en el hueco de sucias calaveras.
Navegar sobre el cieno.

“Los animales presentan una marcada disminución de su temperatura corporal, bajo peso y variables grados de deshidratación. Esto se debe a que el petróleo se adhiere a las plumas de todo su cuerpo, rompe su tramado natural y les hace perder su natural impermeabilidad.”

Y por si fuera poco, 
la desidia, 
y aquel escorzo de bajel sombrío 
quebrando las atávicas espumas 
con el perfil desnudo de su quilla. 
Por las sendas heladas y marítimas, 
como un nuevo Holandés Errante, 
estéril, 
habitando espirales infinitas. 
Su proa tiene ausencia de gaviotas, 
el mascarón 
los labios espectrales 
que balbucean muertes repetidas, 
y las jarcias 
rujiendo en la borrasca 
navegan horizontes sin ocaso 
hacia la soledad de la península. 
Mil aristas hambrientas,
aguzadas, 
horadaron plumajes a la vida 
cuando, 
sobre la sed de los pedruscos, 
hunde, 
el dolor, 
espadas de ceniza...
Rituales en la arena.

“Haciendo caso omiso a los esfuerzos de los ecologistas, que intentaban devolverla al océano, la ballena se obstinó en su destino suicida...”

¿Qué arcángeles rompieron 
sin clarines 
el tiempo de las crías enlunadas? 
¿Qué arena concluyendo, 
qué clepsidras 
detuvieron su libertad magnánima 
y arrojaron al hueco de la noche 
las convexas fatigas del destino 
a encender agonías en las playas? 
¿Qué jinetes de sombra, 
apocalípticos, 
cercenaron los sellos primordiales 
con los bordes sangrantes de sus dagas? 
¿Por qué razón encallan los crepúsculos, 
en los eclipses de ojos desdichados, 
así como las quillas del olvido 
contra arrecifes de memorias largas? 
Sólo la sal quebrada en las rompientes 
conoce de los místicos rituales, 
sólo la soledad de las espumas 
saben del holocausto, 
el fuego, 
el ara.
Mutilar la ternura.

"Grupos de hombres con el agua ensangrentada a la cintura se dedican a matar uno a uno a los ejemplares atrapados utilizando hachas, lanzas, garfios y cuchillos que se hunden una y otra vez en el cuerpo de los cetáceos que tratan, desesperadamente, de escapar a su destino."

Escucha: 
sus asombros se debaten 
en el naufragio absurdo de la muerte 
mientras clava el acero sus puñales 
en conjuros de tala envilecida, 
mientras desgaja silbos entre espumas, 
mientras estalla en furias de intemperie. 
Nadie sabe por qué, 
nadie lo sabe, 
nadie comprende el odio tumefacto 
que incita a los arpones clandestinos 
a mutilar 
con brillos de relámpagos 
su ternura enigmática y paciente, 
ni hacia dónde se exilia la tristeza 
como una azul fatiga
resignada 
habitando el letargo de sus fiebres. 
A través de las olas, 
los delfines, 
tributan indefensos corazones 
a la violencia aguda de los vértices, 
y descalzan sus cantos malheridos, 
e interrogan al cielo irrevocable 
con ojos de tinieblas inocentes.
Desnudas pestilencias.

“Las grandes industrias arrojan sus desechos al río, haciendo caso omiso a los convenios…”

En las tinajas vivas de los ríos, 
los ríos de inquietudes y crecientes, 
de distancias, 
de múltiples ocasos, 
negras vulvas de acero han desovado 
sus aullidos de muertes en racimo. 
Y anda un secreto sucio 
entre los juncos 
encendiendo una espera de neblinas… 
y escamas pestilentes 
cenagosas 
flotando sobre olvidos infinitos. 
Y hay códigos de estragos, 
de vergüenzas, 
desandando por huellas de humo ciego 
su condena de fiebres y martirios, 
y ejércitos de lunas aceitosas, 
y coros de monedas, 
y concilios 
de máscaras falaces que perfilan 
en el légamo cóncavo del cauce 
-como un reino de lutos rigurosos- 
la extenuada verdad de su exterminio.
El paquete de harapos.

“Así como los residuos orgánicos son fácilmente desintegrados por la tierra, los inorgánicos (envases plásticos, bolsas de polietileno) tardarán más de doscientos años en iniciar ese proceso…”

En las negras gargantas de la tierra 
ya nada queda de su esencia antigua 
sino la soledad de sus estambres… 
sino la forma bella, 
el artificio, 
el material moldeado por las manos 
mostrando 
eternamente
en la intemperie 
esqueletos de plásticos disfraces. 
Y allí, 
bajo la lluvia sediciosa 
con que cae el aceite en las clepsidras 
y el tiempo deshabita sus edades 
y desarrolla el alba los contornos 
donde concluyen ángulos la sombra 
y despiertan los náufragos del hambre, 
él exhibe 
or cálices prolijos 
sus desnudas tinajas fantasmales. 
Privado de la vida para siempre. 
Privado de la muerte. 
Condenado 
a soportar su estirpe indestructible 
con vergüenza de olvidos en la sangre.

Capítulo III -Testigos de la furia

La entraña desollada.

“La tierra está muriendo. Que nadie se sienta exento de culpa…”

Quiero quedarme a solas con la pena, 
a solas con mi enjambre de cerrojos 
libando su presagio en los capullos. 
Quedarme aprisionada entre los párpados 
por no ver sembradíos de osamentas 
blanqueando sobre el páramo desnudo, 
por no ver tanta historia desollada 
fecundando metáforas de muerte 
cuando desciñe polen el crepúsculo. 
Porque heredé este gesto interminable, 
esta condena, 
esta demencia amarga, 
esta saña de códices absurdos. 
Porque fui sentenciada a la vigilia, 
a desandar mi longitud de culpa, 
a asumir cada luna masacrada 
que sepultan los pétalos del humo 
y a deshilar mi contrición tardía 
en la rueca infinita 
donde el tiempo 
degrada las urdimbres de los mundos.
Por la lepra del aire.

“Sobre las ciudades se puede observar una bóveda de aire irrespirable al que los técnicos llaman material particulado…”

Anda un andrajo oscuro 
que insolenta 
la piel del desamparo irreversible 
clavando sus espuelas mercenarias 
en los ijares secos de los soles, 
que cabalga en un potro de cenizas, 
sobre un jamelgo agónico, 
indigente, 
de belfos sucios, 
de ojos homicidas 
y cascos extenuados de horizontes. 
No deja más que llagas a su paso, 
nada más que plegarias ampolladas, 
nada más que leprosos mascarones, 
nada más que un olvido perentorio 
horadando las hojas de los fresnos 
con sus garúas breves y salobres. 
Ante su luz se funda la matanza. 
Y trinos derribados de gorriones 
nos asfixian con hilos de relámpagos 
desde las sombras agrias de la noche.

Música

Acerca de la autora

Acerca de la autora
Exconvento de los Siete Principes - Casa de la Cultura Oaxaqueña (México) 2004

Biobibliografía

Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".