“Persistente es el hombre, el fundador de todas las tristezas”. Gastón Gori
Prólogo: Wilma Borchers C.
Pórtico
Por Wilma Borchers C. (Los Vilos, Chile, verano del 2011)
Entrar en la poesía de la escritora Norma Segades, es seguir la ruta de un “río madre”. Desde el inicio hasta el final nos lleva, nos arrastra en su vórtice y nos deja a merced de sus aguas, para desembocar en el maravilloso océano de la palabra. Es tal la soberanía de su cauce, que tiene el poder de transportarnos en su centro y desplegar para nosotros, desde sus márgenes, de un modo espléndido, la belleza, el dolor y el desamparo.
La poesía-denuncia, en ella es grito, herida, lágrima viva.
A solas con la sombra, el título de este poemario, representa nuestro “mea culpa” ante lo que fue una realidad prístina y ahora es el reverso, una sombra pavorosa, un espejo sucio.
Este libro posee, como toda obra de Norma Segades, un vocabulario ricamente engarzado que nos deleita y estremece.
Su poesía es una voz de alerta urgente, porque el tiempo se aglutina en una maraña de locura indescifrable, la vida rueda hacia el abismo y nos demuestra que todos somos, en alguna medida, responsables de esta debacle.
Cómo no quedar prisionero ante este llamado de atención urgente, que tan bien la poeta expone, cuando, con su desgarro, entra sin golpear la puerta. Sin pedir permiso se adentra en nuestros corazones y desde esta eucaristía, nos hace comulgar con el dolor de sabernos tan poca cosa, incapaces de levantar una bandera de vida y esperanza, cuando la muerte ronda inmisericorde sobre nuestros hijos y el planeta.
Los invito pues a navegar en estas aguas, muchas veces enrojecidas por la sangre y la vergüenza, azules en el dolor inconmensurable, amarillas en el desquicio tóxico, verdecidas por la esperanza, que esta gran poeta consigue, al remecer con su palabra: a la ignominia, la indolencia, el fracaso y a la vergüenza.
Mi gratitud a esta querida poeta hermana, por el altísimo honor de haber permitido que les de la entrada, a través de este pórtico, al mundo donde la brillantez de sus textos se conjuga con el valor de la generosidad, la solidaridad y la justicia.
Por Wilma Borchers C. (Los Vilos, Chile, verano del 2011)
Entrar en la poesía de la escritora Norma Segades, es seguir la ruta de un “río madre”. Desde el inicio hasta el final nos lleva, nos arrastra en su vórtice y nos deja a merced de sus aguas, para desembocar en el maravilloso océano de la palabra. Es tal la soberanía de su cauce, que tiene el poder de transportarnos en su centro y desplegar para nosotros, desde sus márgenes, de un modo espléndido, la belleza, el dolor y el desamparo.
La poesía-denuncia, en ella es grito, herida, lágrima viva.
A solas con la sombra, el título de este poemario, representa nuestro “mea culpa” ante lo que fue una realidad prístina y ahora es el reverso, una sombra pavorosa, un espejo sucio.
Este libro posee, como toda obra de Norma Segades, un vocabulario ricamente engarzado que nos deleita y estremece.
Su poesía es una voz de alerta urgente, porque el tiempo se aglutina en una maraña de locura indescifrable, la vida rueda hacia el abismo y nos demuestra que todos somos, en alguna medida, responsables de esta debacle.
Cómo no quedar prisionero ante este llamado de atención urgente, que tan bien la poeta expone, cuando, con su desgarro, entra sin golpear la puerta. Sin pedir permiso se adentra en nuestros corazones y desde esta eucaristía, nos hace comulgar con el dolor de sabernos tan poca cosa, incapaces de levantar una bandera de vida y esperanza, cuando la muerte ronda inmisericorde sobre nuestros hijos y el planeta.
Los invito pues a navegar en estas aguas, muchas veces enrojecidas por la sangre y la vergüenza, azules en el dolor inconmensurable, amarillas en el desquicio tóxico, verdecidas por la esperanza, que esta gran poeta consigue, al remecer con su palabra: a la ignominia, la indolencia, el fracaso y a la vergüenza.
Mi gratitud a esta querida poeta hermana, por el altísimo honor de haber permitido que les de la entrada, a través de este pórtico, al mundo donde la brillantez de sus textos se conjuga con el valor de la generosidad, la solidaridad y la justicia.
Capítulo I - Presagios de la ausencia
La savia a dentelladas.
“La tala indiscriminada provoca la pérdida de áreas de boscosas nativas y de especies vegetales y animales.”
Tiempo habrá de llorar,
uando la ausencia...
Quizás cuando la arena,
los guijarros...
Quizás cuando murciélagos tiznados
oculten
con sus alas de ceniza
las lámparas patéticas del alba.
Nada quedará entonces del asombro,
de ese esperma salvaje donde el polen
enciende sus mejillas enlunadas
ni quebrará con verdes alminares
la horizontalidad de los crepúsculos
hollando el corazón de la distancia...
Sólo andarán cortejos de tinieblas
sepultando las fauces codiciosas
que asediaron raíces sin amarras,
tendieron emboscadas a la vida y,
en la complicidad de los silencios,
mutilaron la savia
a dentelladas.
a dentelladas.
Capítulo II - Rituales de desidia
Tibieza como sangre.
“El comercio de pieles de animales esconde un increíble grado de crueldad para con los animales que se utilizan.”
Afuera anda un rocío despiadado
que cabalga a la grupa de la noche
restallando sus látigos rebeldes.
Su baba oxida insomnios de veletas
y muerde
sin descanso
entre las sombras
los tejados azules del invierno.
Detrás de querubines a bolillo,
la calle eriza ruegos vegetales
en una ceremonia de ramajes
que agonizan de frío bajo el cielo.
Arrebujadas en despojos tibios
desfilan las fragancias extranjeras,
las trenzas de oro fino,
las alhajas,
las sonrisas distantes y perfectas.
Sobre las pieles largamente blancas
la luna cuelga filos de puñales mientras,
en los abismos de su muerte,
el llanto amordazado de la especie
estremece la entraña del silencio.
La vida empalizada
“Mientras muchos zoológicos aseguran estar preocupados por el estado general de los animales que viven en sus recintos, continúan siendo prisiones para aquellos que no han cometido ningún crimen, excepto pertenecer a la especie equivocada.”
Una urdimbre de redes
impiadosas
confina los rugidos maniatados...
Allí comienza el feudo de la muerte.
El reino que parió la sexta luna
cuando aún la distancia era peñasco
y el silencio sopló sobre la tierra
para engendrar,
con ecos de rocío,
el linaje unigénito del barro.
Ése que alza una vida empalizada
por capturar los ojos amarillos,
el elástico paso como sombra,
la tensión de los músculos metálicos...
A sabiendas que nadie roba el viento,
que la pereza hipócrita no basta
para la sed de sangre palpitante
que se agazapa en la raíz del odio
hasta estallar en los colmillos ávidos.
Ése que corta cielos y horizontes
con tijeras de orgullo envilecido,
el que de tanto entretejer alambres
no recuerda el reverso de la trama...
mientras mira el refugio del que mira
a través de un rectángulo oxidado.
Las arterias del agua.
“Los grandes ríos que reciben efluentes urbanos industriales o tienen contacto y contigüidad con depósitos de basura, están contaminados en su recorrido urbano, aguas abajo y en una franja de ancho variable que acompaña la costa.”
Aquellas que nacieron
transparentes
entre intersticios de guijarro y luna,
aquellas que rompieron las compuertas,
que huyeron por marañas de raíces,
por cauces donde el musgo no abarcaba
la gravidez azul de su cintura,
aquellas que mis ojos descubrieron
como una gota viva,
o una lágrima,
como un pétalo de agua en la espesura,
que ruedan desde alturas imantadas,
que deshojan su canto solitario
en las ásperas pieles del planeta
con la luz bautismal de su liturgia...
son las mismas arterias que agonizan
aquí,
junto a tu puerta,
en este río,
envilecidas hasta la locura…
las mismas que,
borrachas de inmundicia,
mueren de repulsión entre la espuma.
Violines turbulentos.
“La contaminación sonora implica la introducción de ruidos o vibraciones en niveles que produzcan alteraciones o molestias, o que resulten perjudiciales para la salud.”
Una espira trepando a la demencia,
consumiendo racimos de mordazas
con sus dientes de páramo
y delirio
nos hace prisioneros de contiendas
donde un coro diabólico desangra
la textura final de los violines...
y una estridencia,
cruel como ninguna,
estalla en los umbrales de los siglos.
Entonces,
turbulentos decibeles
rasgan cada membrana del misterio
con filos de aguijones fugitivos...
escalan,
giran,
arden,
se consumen,
para nacer después,
cíclicamente,
desde el útero negro del aullido.
Y ya no queda tiempo
ni siquiera para escuchar las dríadas del alma
morir de soledad
en los abismos.
Saltos hacia el infierno.
“A muchos de los osos se les retiran los dientes y las garras o se les coloca aparatosos bozales. El entrenamiento de los osos incluye tocarlos con varas que transmiten descargas eléctricas y así obligarlos a que obedezcan y realicen los divertidos trucos.”
¿Dónde quedó la luz del horizonte,
los latidos del hambre en las entrañas?
¿Dónde los matorrales,
el acecho,
la distancia,
las grupas sudorosas,
el sabor de la sangre entre los dientes,
el estertor final,
los ojos ciegos?
¿Dónde quedó su libertad hirsuta?
¿Dónde el lenguaje de mordisco y uñas
con qué la primavera habló a su celo
y el jadeo desnudo de su instinto
multiplicando cópulas salvajes
sobre la ardiente piel de la sabana
agobiada de ocasos polvorientos?
Su mundo es esta arena degradada,
este acre aroma a herrumbre
y excrementos,
el chasquido de látigos agudos
azuzando sus torpes acrobacias
hacia el abismo circular del fuego
y esa visión de cuellos delicados...
y esa cólera insomne y sumergida
que estremece la urdimbre de la noche
con bramidos furiosos
e insurrectos.
Colmillos al acecho.
“La caza no puede ser considerada un deporte pues los animales no participan voluntariamente ni están en igualdad de condiciones.”
Cuando perfila vértices
el llanto
n úteros noctívagos de luna,
soledades de musgos ateridos
sofocan el sonido de los pasos...
y manadas de hienas tenebrosas
observan
con codicia
la inocencia
extraviada en las pieles del cansancio.
No gime el viento su advertencia oscura
ni quebranta pupilas el follaje
y desde madrigueras desvalidas
inquietudes de vísceras insomnes
olfatean distancias y presagios.
El peligro está aquí,
lo sabe el miedo,
lo desnuda el instinto desgreñado.
Es un reptar de escamas,
un crujido
amotinando sombras
y relámpagos.
Por latitudes de estertores ciegos,
con sus hordas de muertes implacables,
anda el hijo del hombre,
amo del tiempo,
señor de los colmillos emboscados.
Crepúsculo de escamas.
“La misteriosa mortandad de peces deja en evidencia el riego aéreo de agroquímicos y herbicidas en las zonas agrícolas del área, gran contaminante de los cauces fluviales.”
Desde los huecos despojados,
yermos,
donde la ausencia es un temblor solemne
que sofocan los dedos del oxígeno
y amortaja el silencio de la costa
miran
con ojos secos
su horizonte
de espumas pestilentes,
migratorias...
mientras naufraga el día en los sauzales
bajo esa latitud de cielo herido
unánime de estrellas...
y de sombras.
Se desgajan en agrias agonías
sin detenerse a elaborar la muerte
sobre el perfil de sus escamas rotas...
y en el pecho mugriento de la arena,
cautivos de su tiempo amortajado,
abdican para siempre a la memoria
adelgazando frágiles secretos
en su región de máscaras remotas.
Tempestad con silencio.
“La contaminación radiactiva representa un peligro único debido a la extrema longevidad de los contaminantes, cuya vida media puede ser de hasta cientos de años.”
El humo
vertical
profana el cielo
con la trama siniestra de su encaje
hacia el útero negro,
hacia el eclipse
donde el semen nuclear engendra llagas
y sigilos de muertes miserables.
La nube es impiadosa,
es envolvente,
es cúpula de ampollas emboscadas
creciendo en los baldíos de la sangre,
aquelarre de fuegos embrujados
arrojando
en marmitas malolientes
el desnudo poder de sus rituales.
La nube tiene un hambre que no cesa,
la nube esta sedienta,
como el aire.
A su paso,
centurias de mentiras
-amazonas guerreras de la sombra-
cabalgan en jumentos espectrales
mientras la nube,
henchida y tormentosa,
abre babeantes morros de ceniza
y clava dientes sucios a la tarde.
Venenos entre dalias.
“Muchos barriles ya explotaron, diseminando miles de libras del tóxico por el suelo y el aire. Se detecta un olor fuerte al mismo y el agua de los pozos de la zona sale con color amarillo.”
Cautivas en letargos de hojalata,
orugas de tinieblas,
entre el óxido,
regurgitan los vahos enfermizos
que brotaron de cuencos calcinados
y nutrieron fatídicos calostros.
Ocultas por mentiras camufladas,
transmutando en crisálidas sin rostro,
es posible escuchar como desuellan
las membranas resecas del capullo,
como escorza el silencio,
en el silencio,
las alas negras,
los siniestros ojos.
Y cuando las vigilias ya no puedan
custodiar el linaje de los días,
cuando no logre el agua
ni la arena
contener los sacrílegos despojos,
florecerán las dalias amarillas
bajo un cielo de esperas agrietadas
y un enjambre de trompas malolientes
libará,
en ellas,
su dolor agónico.
Dagas entre las sombras.
“Todas las pilas contienen una cantidad determinada de metales pesados, como el cadmio, el mercurio y el plomo, que representan un peligro potencial para la salud de las personas y para la conservación del medio ambiente.”
Encapsuladas en desnudos cuencos,
casi lámparas mudas,
casi ausencia,
esconden sus caderas con herrumbre
en ovarios de espantos desdentados,
en vientres mutilados por tinieblas.
Desde la sombra,
crueles,
ponzoñosas,
con clandestinas dagas hechiceras,
rasgan las telarañas del sollozo,
amenazan,
vigilan,
muerden,
tiemblan,
horadan,
amotinan su veneno
bajo el naufragio vertical del musgo
y la fatiga azul de las estrellas.
Yermas como cenizas coaguladas,
sus uñas atraviesan las fronteras,
ascienden hasta el tiempo del conjuro,
hasta la latitud de cada náusea,
hasta la impunidad
y la insolencia.
Y aún destilan su mosto corrosivo,
su llovizna de muerte,
su memoria,
en el hueco de sucias calaveras.
Navegar sobre el cieno.
“Los animales presentan una marcada disminución de su temperatura corporal, bajo peso y variables grados de deshidratación. Esto se debe a que el petróleo se adhiere a las plumas de todo su cuerpo, rompe su tramado natural y les hace perder su natural impermeabilidad.”
Y por si fuera poco,
la desidia,
y aquel escorzo de bajel sombrío
quebrando las atávicas espumas
con el perfil desnudo de su quilla.
Por las sendas heladas y marítimas,
como un nuevo Holandés Errante,
estéril,
habitando espirales infinitas.
Su proa tiene ausencia de gaviotas,
el mascarón
los labios espectrales
que balbucean muertes repetidas,
y las jarcias
rujiendo en la borrasca
navegan horizontes sin ocaso
hacia la soledad de la península.
Mil aristas hambrientas,
aguzadas,
horadaron plumajes a la vida
cuando,
sobre la sed de los pedruscos,
hunde,
el dolor,
espadas de ceniza...
Rituales en la arena.
“Haciendo caso omiso a los esfuerzos de los ecologistas, que intentaban devolverla al océano, la ballena se obstinó en su destino suicida...”
¿Qué arcángeles rompieron
sin clarines
el tiempo de las crías enlunadas?
¿Qué arena concluyendo,
qué clepsidras
detuvieron su libertad magnánima
y arrojaron al hueco de la noche
las convexas fatigas del destino
a encender agonías en las playas?
¿Qué jinetes de sombra,
apocalípticos,
cercenaron los sellos primordiales
con los bordes sangrantes de sus dagas?
¿Por qué razón encallan los crepúsculos,
en los eclipses de ojos desdichados,
así como las quillas del olvido
contra arrecifes de memorias largas?
Sólo la sal quebrada en las rompientes
conoce de los místicos rituales,
sólo la soledad de las espumas
saben del holocausto,
el fuego,
el ara.
Mutilar la ternura.
"Grupos de hombres con el agua ensangrentada a la cintura se dedican a matar uno a uno a los ejemplares atrapados utilizando hachas, lanzas, garfios y cuchillos que se hunden una y otra vez en el cuerpo de los cetáceos que tratan, desesperadamente, de escapar a su destino."
Escucha:
sus asombros se debaten
en el naufragio absurdo de la muerte
mientras clava el acero sus puñales
en conjuros de tala envilecida,
mientras desgaja silbos entre espumas,
mientras estalla en furias de intemperie.
Nadie sabe por qué,
nadie lo sabe,
nadie comprende el odio tumefacto
que incita a los arpones clandestinos
a mutilar
con brillos de relámpagos
su ternura enigmática y paciente,
ni hacia dónde se exilia la tristeza
como una azul fatiga
resignada
habitando el letargo de sus fiebres.
A través de las olas,
los delfines,
tributan indefensos corazones
a la violencia aguda de los vértices,
y descalzan sus cantos malheridos,
e interrogan al cielo irrevocable
con ojos de tinieblas inocentes.
Desnudas pestilencias.
“Las grandes industrias arrojan sus desechos al río, haciendo caso omiso a los convenios…”
En las tinajas vivas de los ríos,
los ríos de inquietudes y crecientes,
de distancias,
de múltiples ocasos,
negras vulvas de acero han desovado
sus aullidos de muertes en racimo.
Y anda un secreto sucio
entre los juncos
encendiendo una espera de neblinas…
y escamas pestilentes
cenagosas
flotando sobre olvidos infinitos.
Y hay códigos de estragos,
de vergüenzas,
desandando por huellas de humo ciego
su condena de fiebres y martirios,
y ejércitos de lunas aceitosas,
y coros de monedas,
y concilios
de máscaras falaces que perfilan
en el légamo cóncavo del cauce
-como un reino de lutos rigurosos-
la extenuada verdad de su exterminio.
El paquete de harapos.
“Así como los residuos orgánicos son fácilmente desintegrados por la tierra, los inorgánicos (envases plásticos, bolsas de polietileno) tardarán más de doscientos años en iniciar ese proceso…”
En las negras gargantas de la tierra
ya nada queda de su esencia antigua
sino la soledad de sus estambres…
sino la forma bella,
el artificio,
el material moldeado por las manos
mostrando
eternamente
en la intemperie
esqueletos de plásticos disfraces.
Y allí,
bajo la lluvia sediciosa
con que cae el aceite en las clepsidras
y el tiempo deshabita sus edades
y desarrolla el alba los contornos
donde concluyen ángulos la sombra
y despiertan los náufragos del hambre,
él exhibe
or cálices prolijos
sus desnudas tinajas fantasmales.
Privado de la vida para siempre.
Privado de la muerte.
Condenado
a soportar su estirpe indestructible
con vergüenza de olvidos en la sangre.
Capítulo III -Testigos de la furia
La entraña desollada.
“La tierra está muriendo. Que nadie se sienta exento de culpa…”
Quiero quedarme a solas con la pena,
a solas con mi enjambre de cerrojos
libando su presagio en los capullos.
Quedarme aprisionada entre los párpados
por no ver sembradíos de osamentas
blanqueando sobre el páramo desnudo,
por no ver tanta historia desollada
fecundando metáforas de muerte
cuando desciñe polen el crepúsculo.
Porque heredé este gesto interminable,
esta condena,
esta demencia amarga,
esta saña de códices absurdos.
Porque fui sentenciada a la vigilia,
a desandar mi longitud de culpa,
a asumir cada luna masacrada
que sepultan los pétalos del humo
y a deshilar mi contrición tardía
en la rueca infinita
donde el tiempo
degrada las urdimbres de los mundos.
Por la lepra del aire.
“Sobre las ciudades se puede observar una bóveda de aire irrespirable al que los técnicos llaman material particulado…”
Anda un andrajo oscuro
que insolenta
la piel del desamparo irreversible
clavando sus espuelas mercenarias
en los ijares secos de los soles,
que cabalga en un potro de cenizas,
sobre un jamelgo agónico,
indigente,
de belfos sucios,
de ojos homicidas
y cascos extenuados de horizontes.
No deja más que llagas a su paso,
nada más que plegarias ampolladas,
nada más que leprosos mascarones,
nada más que un olvido perentorio
horadando las hojas de los fresnos
con sus garúas breves y salobres.
Ante su luz se funda la matanza.
Y trinos derribados de gorriones
nos asfixian con hilos de relámpagos
desde las sombras agrias de la noche.
Puertas ante el abismo.
“La destrucción de la capa de ozono es uno de los problemas ambientales más graves que debemos enfrentar hoy día. Podría ser responsable de millones de casos de cáncer de la piel a nivel mundial.”
Supimos que el ozono estaba herido
cuando las finas dagas extranjeras
decapitaron goznes y cerrojos
en los estrictos huecos de las grietas,
cuando trepó su grito acantilado
por las gradas oscuras del aullido
hasta formar espléndidas corolas,
ampollas de la luz recién abiertas.
Así fue que en las altas soledades
cargó el guerrero rojo sus aljabas
y sobrevino el tiempo de las flechas,
que pústulas de extrañas agonías
taladraron la piel de los terrones
desnucando sus pálidas vergüenzas.
Así fue que,
entre el fuego huracanado,
la muerte alzó su sombra irreverente,
su nombre de destruidas azucenas
y los huesos,
como hojas en otoño,
derivaron los cauces de la luna,
extraviaron el rumbo de sus huellas.
Espirales de muerte.
"La devastación forestal está transformando el planeta en un desierto, aumentando la proporción de anhídrido carbónico en la atmósfera…”
Aquí,
sumida en mi dolor,
escribo
la crónica de muertes merecidas,
cuando aún despeña el cielo,
en el crepúsculo,
esa leyenda urgente y obcecada,
esa furia de heladas amatistas.
Porque en las espesuras insondables
los hombres engendraron,
con sus hachas,
el desnudo poder de la codicia.
Y vestimos sayales de presagios
pero ninguno defendió los sueños
cuando exhibió sus zarpas erizadas
el espantajo cruel de la fatiga.
Entonces,
las colmenas de la madre,
custodias de humedades repetidas,
negaron su edredón de hierbas suaves,
su esencia de raíces,
sus secretos,
su calostro de cielo y golondrina…
hasta encrespar las mieles de su sangre
en torrentes de eclipses homicidas.
El refugio perdido.
“El insaciable apetito humano devora los recursos naturales y deja, tras de sí, territorios yermos…”
Porque la esfinge reveló su enigma
cuando la luz agónica del día,
embriagada de muertes taciturnas,
estalló en remolinos de cebollas
y en vasijas de negros desamparos,
los torpes legatarios de las lágrimas
bebimos los narcóticos del miedo
cumpliendo los rituales de las sombras.
E invocamos el nombre de los dioses
y ofrecimos la sangre en holocausto
y
cercenada por cuchillos negros
la contrición fue un páramo amarillo
presumiendo destierros de amapolas.
Mientras tanto,
las puertas se cerraron.
Sólo una orografía nauseabunda,
sólo orillas de brumas cenicientas
ofrecieron refugio a la memoria.
Porque el tiempo del hombre era intemperie,
el horizonte un hecho consumado
y el destino,
zurcir en los telares
urdimbres de leyendas andrajosas.
La furia sin amarras.
“…el calor derretirá los hielos y el mar avanzará sobre la tierra…”
No quiero recordar aquel silencio,
vaticinio de ausencias sin amarras,
el aroma de arcilla envilecida
atisbando con garras impacientes
aquel temblor astuto en la espesura
piafando sobre estrías y hojarascas,
aquellos,
los esquivos inventarios
aislados en demencias de torrentes.
No quiero recordar,
porque,
en el lodo,
han varado las gárgolas heridas
por el feroz olvido de la muerte.
Porque el agua invadió las sementeras
saqueando,
palmo a palmo,
cada sueño,
mordisqueando la tierra con sus dientes.
Porque aún puedo escuchar,
si me propongo,
un bramido aluvial,
de toro en celo,
ahogando las azules geografías
bajo sus largas lenguas envolventes.
El útero del trueno.
“…la Madre derramará su cólera de fuego por los ojos de todos los volcanes…”
Ciegos ovarios de terrones ciegos
expulsaron la cólera compacta,
los secos estertores sediciosos.
Después
se oyó el sonido espiralado
como anillos de muerte amenazante
girando en sus ausencias sin retorno,
creció entre las raíces del subsuelo
y ascendió
por callejas verticales
hasta las altas torres del asombro.
Era el advenimiento de los truenos.
Los ávidos abismos,
malheridos,
parieron muchedumbre de cerrojos,
recorrieron
con olas crepitantes
os muslos calcinados de las piedras
y, prisioneros del dolor,
ardieron
en fogatas de coágulos furiosos.
Porque ya no había sitio para el hombre,
porque un insomnio sucio y homicida
había establecido,
para siempre,
la arquitectura espesa de sus odios.
Desarraigar las hierbas.
“…un gran viento de escarcha encarnizada asolará las hierbas…”
El hueco de la noche era ese reino
donde mi llanto
seco
e expatriaba
para no ver demonios en la bruma,
para no oír los débiles siseos
con que las hierbas duras
y obstinadas
eptaban hacia un sol que no existía,
hacia un cielo que no procreaba lluvias.
Y en el ciego refugio de los miedos
olí el odio del viento,
que gritaba,
que encendía sus iras circulares,
que expulsaba las hojas,
una a una,
que estallaba en su lúgubre vehemencia
como una enredadera desbocada
sofocando los cauces de la savia
y asesinando el sueño de las frutas,
que trizaba el silencio,
que mordía,
que avasallaba pétalos inermes
y nombraba la muerte
en la espesura.
Cicatrices cautivas.
Todo vibró.
En ese instante oscuro
el miedo fue una pausa entre dos soles.
Creció después
desnudo y andrajoso
hasta quemar el cerco de mordazas
con su antorcha de cóleras insomnes.
Era el tiempo del odio,
la venganza,
el delirio final de los infiernos
parido por los truenos de la noche.
Eran huellas de estrías desnucadas
fundando la memoria del ultraje
sobre la piel
sin piel
del horizonte.
Era la longitud de los aullidos
encrespando su asombro encaramado,
asolando
a sangrientas dentelladas
la mansedumbre azul de los terrones.
Y cuando la trompeta hirió la urdimbre,
sólo la soledad de la ceniza
se derramó
como un sayal de luna
sobre muslos saciados de aguijones.
Capítulo IV - Espirales de vida
Endechas circulares.
“…las estrellas y los planetas se habrán extinguido. Sólo habrá un mar de radiación con agujeros negros…”
Sólo ruinas desnudas,
sólo ruinas,
sólo deshabitados territorios
y un aura de enlutados semilunios.
Su alfabeto de silbos maldicientes
masculla
el viento
como furia ciega
abriendo nuevas grietas en los muros.
Ya no hay hombres
ni plazos
ni memoria.
La tierra se ha negado a las raíces,
ha caído de bruces
la esperanza
en el puntual olvido de los surcos.
Sin la complicidad de las almenas
esta azul soledad,
desde el tejado,
uple el grito agorero de los búhos.
Cumpliendo un protocolo antropofágico
el hombre enseñoreó sobre la ausencia,
transmigró a las edades de la sombra,
decapitó el vacío,
empinó el humo.
Y en su vaso de muerte derramada
se bebió,
hasta el final,
todo el crepúsculo.
Renacimiento.
“…y por fin la materia dejará de existir…”
Trepa sobre tinieblas en asedio
el hambre vertical de la ceniza
devorando muñones insepultos.
Nada queda,
excepto este secreto
que horada
con sus báculos insomnes
la médula gastada de los mundos.
Pero…
aguarda…
no escuchas en la noche
un suspiro de germen sedicioso
reptando
entre follajes nauseabundos?
¿No es esa gota
sucia de rocío
la promesa incesante de la vida
prisionera en oráculos de musgo?
¿No presientes un vuelo,
una paloma,
una rama de olivo desgajada
asumiendo estatura de tributo?
¿No adviertes una sombra alucinada,
un vértigo en la orilla del olvido
despeñando
otra vez
a los espejos
tu linaje de légamo desnudo?
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2007
(29)
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septiembre
(29)
- ©Norma Segades - Manias Julio, 1992.
- Prólogo: Wilma Borchers C.
- Capítulo I - Presagios de la ausencia
- Capítulo II - Rituales de desidia
- La vida empalizada “Mientras muchos zoológicos ...
- Las arterias del agua. “Los grandes ríos que rec...
- Violines turbulentos. “La contaminación sonora ...
- Saltos hacia el infierno. “A muchos de los osos ...
- Colmillos al acecho. “La caza no puede ser consi...
- Crepúsculo de escamas. “La misteriosa mortandad ...
- Tempestad con silencio. “La contaminación radiac...
- Venenos entre dalias. “Muchos barriles ya explot...
- Dagas entre las sombras. “Todas las pilas contie...
- Navegar sobre el cieno. “Los animales presentan ...
- Rituales en la arena. “Haciendo caso omiso a los ...
- Mutilar la ternura. "Grupos de hombres con el agu...
- Desnudas pestilencias. “Las grandes industrias arr...
- El paquete de harapos. “Así como los residuos org...
- Capítulo III -Testigos de la furia
- Por la lepra del aire. “Sobre las ciudades se pue...
- Puertas ante el abismo. “La destrucción de la ca...
- Espirales de muerte. "La devastación forestal est...
- El refugio perdido. “El insaciable apetito humano...
- La furia sin amarras. “…el calor derretirá los hi...
- El útero del trueno. ...
- Desarraigar las hierbas. ...
- Cicatrices cautivas. Todo vibró. En ese instante ...
- Capítulo IV - Espirales de vida
- Renacimiento. “…y por fin la materia dejará de ex...
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Música
Acerca de la autora
Exconvento de los Siete Principes - Casa de la Cultura Oaxaqueña (México) 2004
Biobibliografía
Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".